LAS QUINTAESENCIAS

PAU VALÉRY

SUSO

 

 

 

COMERCIO -II-

El ángel no difiere del demonio más que por una reflexión que todavía no se le ha planteado.

El animal no tiene cuidados ni pesares (me complazco en creerlo). Es sensato; no es inteligente. No tiene miedo más en presencia del peligro: nosotros, en la ausencia.

El hombre ha inventado el poder de las cosas ausentes -, a causa de lo cual se ha vuelto “poderoso y miserable”; pero, en fin, gracias a ellas es hombre.

La continuación de la vida conduciría a permitirse lo que uno se prohibía, a prohibirse lo que uno se permitía; y esto hasta en el orden de los gustos las aversiones. Esta evolución se combina con la debida a la alteración por la edad. Se podría admitir que una existencia ha quedado cumplida, que ha llenado su duración, cuando lo vivo ha llegado insensiblemente al estado de echar al fuego lo que adoraba, y de adorar lo que echaba al fuego.

Dios creó al hombre y, no hallándole bastante solo, le dio una compañera para hacerle mejor sentir la soledad.

La muerte deroga todo un capital de recuerdos y de experiencias; anula no sé qué tesoro de posibilidades. Pero no directamente.

Obra como la llama sobre una hoja que lleva un dibujo cualquiera; destruye el papel y, en consecuencia, todo lo que encima de él estaba trazado-, todo lo que aun podría serlo.

Pero hay males que, respetando la materia de esa hoja, alteran caprichosamente los contornos de las figuras dibujadas.

Algunas veces sueño que la inteligencia del hombre, y todo aquello merced a lo cual el hombre se aparta de la línea animal, podría, un día, debilitarse; regresando la humanidad, insensiblemente, a un estado de inocencia y de instinto, descendiendo de nuevo a la inconstancia y a la futilidad simiesca. Poco a poco se la vería inclinarse a favor de una indiferencia, de una inatención, una inestabilidad que la política del mundo actual ya hace concebir. El rápido olvido de las desdichas de la guerra, y la demostración de su absurdo por sus consecuencias, es un gran argumento.

Toda la historia humana, como manifestadora del pensamiento, no habrá sido, quizá, más que el efecto de una especie de crisis, una crecida monstruosa, comparable a cualquiera de esas bruscas variaciones que se observan en el reino vegetal y que desaparecen tan caprichosamente como han venido.

Para pensar en ello un poco más de cerca, haría falta, antes que nada, hacerse de la inteligencia de una idea muy precisa. Al buscar vagamente esa precisión, encuentro (esta mañana) en la base del desarrollo combinado de la comprensión y de la inventiva, que son los dos actos de la inteligencia, dos condiciones evidentísimas: una de las cuales es la facultad individual de ser educado por los hechos; la otra, la consolidación y la conservación de la experiencia; lo cual exige la pluralidad de los individuos, la posibilidad de trueques y de la existencia de instrumentos de trueque.

A lo cual se añade un reparo: el de la desigualdad de los espíritus. Este último dato debe desempeñar un papel esencial en el presente problema, pues no consiste más que en reducir, o devolver a la noción de discrepancia, la idea que nos hacemos de la inteligencia humana.


 

 

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