LAS QUINTAESENCIAS

PAUL VALÉRY

 

SUSO

 

 

SALMO

El espíritu libre siente horror por la competencia…

Toma el partido de su rival.

Siente, con exceso, que, si las derrotas nos abaten, las victorias nos suprimen.

Aquel que quiere abatir la derrota, será abolido y disuelto por la victoria.

Repudia los dos bajos pensamientos que nacen de la victoria y de la derrota.

Lo que impide al espíritu formar todas las combinaciones, lo altera en su esencia, que es formarlas.

Le es imposible aborrecer lo que representa libremente en sí mismo. ¿Cómo aborrecer lo que uno pule tan netamente?

Se coloca sin esfuerzo en un punto determinado del universo, en un determinado orden de valores, y la lucha, entonces, ya no es lucha: y los adversarios no son más que miembros antagonistas de un mismo sistema que se transforma y que perecerá.

Siente que los arranques de cólera, los rencores, lo mismo que las alegrías, son pérdidas para su libertad, de igual modo que los chirridos y las vibraciones de una máquina son perdidas para un trabajo.

Pero está unido a un cuerpo, a un campo, a un hombre, a unos nervios, a unos intereses.

Nuestro cuerpo es un partido, y la codicia lo lleva al punto más alto de su fuerza.

Nuestra existencia es una injusticia; nuestra inteligencia es, por sí misma, una ofensa; y quizá la más amargamente experimentada.

El orgullo más fiero nace, sobre todo, en ocasión de una impotencia.

Qué es un “intelectual”? -Debería ser un hombre hábil en desenvolverse, casi del todo, dentro de su pensamiento, que lo considerase desde un plano elevado, que no se creyese fácilmente; que, por el conocimiento que tuviere de las causas, fuese insensible a lo grosero de los efectos; sobre quien no hiciese presa la elocuencia, salvo por el arte que ésta pueda contener; para quien las palabras y las imágenes fuesen materia familiar…

No crees natural en él. O, por lo menos se impone a si mismo el deber de no conceder nunca a lo que oye más fuerza que la que tal palabra le traiga o pueda traerle.

Lo que ha sido creído por todos, siempre y en todas partes, tiene todas las probabilidades de ser falso.

La Iglesia no autoriza el suicidio. Sin embargo, no impide (nos aconseja) decirnos: soy un tonto, una bestia, un miserable ruin: otros tantos suicidios.


 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otras publicaciones