PAUL VALÉRY
La verdad en bruto es más falsa que lo falso.
Hasta nuestras intuiciones más afortunadas son, en cierto modo, resultados inexactos por exceso con relación a nuestra clarividencia ordinaria; por defecto, con relación a la complejidad infinita de los mas nimios objetos y de los casos reales que dichas intuiciones pretenden someternos.
El grupo más general de nuestras transformaciones, que comprende todas las sensaciones, todas las ideas, todos los juicios, todo lo que se manifiesta intus et extra, admite una invariante.
Aquel que jamás ha forjado - ¡aunque sólo en sueños! – el proyecto de una empresa, que es muy dueño de abandonar, la aventura de una construcción, ya acabada cuando los demás vean empezarla, y que no ha conocido el sabor del entusiasmo consumiendo sus minutos, ni el tóxico de la concepción, ni el escrúpulo, la frialdad de las objeciones interiores, ni ese combate de pensamientos alternados en que el más fuerte y el más mísero deberían triunfar hasta de la costumbre, hasta de la novedad; - aquel que no ha divisado en la blancura de su papel una imagen enturbiada por lo posible, y por el agravio de todos los signos que no serán escogidos; - ni ha visto en el aire limpio una edificación todavía no levantada; - aquel a quien no han soliviantado el vértigo dado por el alejamiento de un hito, la inquietud de los medios la previsión de las lentitudes y de los desesperos, el cálculo de las fases progresivas, el razonamiento proyectado sobre el porvenir, designado incluso en ello que habrá que razonar entonces; - ése no conoce, ni mucho menos, cualquiera que sea, en otros campos, su saber, la riqueza y la fertilidad de la extensión espiritual iluminada por el hecho consciente de construir. Y los dioses han recibido del espíritu el don de crear, porque este espíritu, siendo periódico y abstracto, puede engrandecer lo que concibe hasta el extremo de no poder concebirlo más.
La mayoría de la gente ve más por el intelecto que por los ojos. En vez de espacios coloridos, forman conocimientos de conceptos. Perciben más bien según un léxico que según su retina.
En la profesión de filósofo, lo esencial es comprender. A los filósofos les es necesario caer de algún astro, hacerse eternos extranjeros. Tienen que estar ejercitados en asombrarse de las cosas más comunes. Penetrad en el templo de una religión desconocida, considerad un texto etrusco, sentaos junto a unos jugadores cuyo juego no os haya sido enseñado, y gozad de vuestra hipótesis.
El filósofo es, algo parecido en todos los casos.
La mayoría de los lectores atribuyen a lo que llaman el fondo una importancia suprior, y hasta infinitamente superior, a la de lo que llaman forma. Algunos, sin embargo, son de un parecer totalmente contrario a éste, que parece una superstición. Estiman atrevidamente, que la estructura de la expresión tiene una especie de realidad, mientras que el sentido o la idea no es mas que una sombra. El valor de la idea es indeterminado, y varía con las personas y las épocas. Lo que uno juzga profundo es, para otro, de una evidencia insípida o de un absurdo insoportable. En fin, no hay más que mirar en torno a sí para observar que lo que aun puede despertar el interés de los modernos por las letras antiguas no es ciertamente el orden de los conocimientos, sino el orden de los ejemplos y de los modelos.
Para estos amantes de la forma, de una forma, ésta, aunque siempre provocada o exigida por algún pensamiento. Ven en las formas el vigor y la elegancia de los actos, y no encuentran en los pensamientos más que la inestabilidad de los acontecimientos.
Una sociedad se eleva de la barbarie al orden. Como la barbarie es el reinado del hecho, se hace, pues, necesario que la era del orden sea el imperio de las ficciones, - porque no hay potencia capaz de fundar el orden sobre la sola compulsión de los cuerpos. Para ello, hacen falta fuerzas ficticias.
El orden exige, por consiguiente, la acción de presencia de cosas ausentes, y resulta del equilibrio entre los instintos y ideales.



