Paul Valéry
EL JUEGO PERSONAL
Regla del juego
La partida está ganada si uno se encuentra digno de su propia aprobación.
Si la partida ganada lo ha sido por calculo, con voluntad, continuidad y lucidez, - la ganancia es la mayor posible.
Interiormente, me inmolo a lo que quisiera ser.
Si supiéramos, no hablaríamos – no pensaríamos, no hablaríamos.
El hombre que come, alimenta sus bienes y sus males. Cada bocado que siente fundirse y dispersarse en sí mismo llevará nuevas fuerzas en sus virtudes, así como, indistintamente, a sus vicios. Mantiene sus tormentos lo mismo que abona sus esperanzas, y, en alguna parte, se divide entre las pasiones y las razones. El amor lo necesita, como también el odio, y mi alegría, y mi amargura, y mi memoria, lo mismo que mis proyectos, se reparten fraternalmente la misma substancia de un bocado.
DE LA MIRADA DEL AUTOR A SU OBRA
Tan pronto un cisne que ha incubado un pato, como la oca un cisne.
Lo contrario de un sueño, ¿Qué es sino algún sueño? Un sueño de vigilancia y de tensión, tenido por la misma Razón. Que si una razón soñara, firme, de pie, la vista pronta y la boca cerrada, como dueña de sus labios, - su sueño, ¿no sería lo que estamos viendo ahora – este mundo de fuerzas exactas y de ilusiones estudiadas? – Sueño, sueño; pero sueño todo penetrado de simetrías, todo orden, todo actos y secuencias!...
¿Qué me ha hecho sufrir más? Quizá la costumbre de desarrollar todo mi pensamiento – de ir, en mí, hasta el final,
¡Silencio, silencio!
Delicioso instante… Este silencio es contradicción… ¿Cómo hacer para no gritar: ¡Silencio!
¿Conoces algún remedio especifico, algún cuerpo antídoto para ser mal entre los males, este veneno entre los venenos, esta ponzoña opuesta a toda naturaleza… que se llena el tedio de vivir? – Entiendo por ello, no el tedio pasajero, no el tedio por cansancio, o el tedio cuyo germen se ve, aquél cuyos limites se conocen; sino aquel tedio perfecto, aquel tedio puro, que no tiene por origen ni el infortunio ni la enfermedad, y que se acomoda y se acomoda, de la manera más feliz que pueda verse a todas las condiciones; aquel tedio, en fin, que no tiene otra substancia que la vida misma, ni otra causa segunda que la clarividencia del que vive. Este tedio absoluto no es, en sí, más que la vida totalmente desnuda cuando se contempla a sí misma con claridad.
Algunas veces, la razón me parece ser la facultad de nuestra alma para no comprender nada de nuestro cuerpo.



