LAS QUINTAESENCIAS

PAUL VALÉRY


 

El instinto poético debe conducirnos ciegamente a la verdad.

Un germen vive; pero los hay que no saben cómo desarrollarse. Estos intentan vivir, forman monstruos, y los monstruos mueren. En verdad, sólo los conocemos por esta notable propiedad de no poder durar. Anormales son los seres que tienen menos porvenir que los normales. Se asemejan a buen número de pensamientos que contienen contradicciones ocultas: asoman al espíritu, parecen justos y fecundos, pero sus consecuencias les siguen y su presencia es más bien molesta a aquéllos.

Acaso la mayoría de estos pensamientos prodigiosos ante los cuales tantos grandes hombres, y una infinidad de pequeños, han palidecido desde hace siglos, sean meros monstruos psicológicos -ideas monstruosas- engendrados por el torpe juego de nuestras facultades interrogativas, que aplicamos por doquier -sin antes cerciorarnos de que, razonablemente, solo debemos interrogar a quien puede verdaderamente contestarnos.

Diríase que el mundo es, apenas un poco más viejo que el arte de hacer el mundo.

Hay personajes que sienten que sus sentidos los separan de lo real, del ser. Este sentido infecta, en ellos, a los demás sentidos.

Lo que veo, me ciega, lo que oigo, me ensordece. Aquello que sé, vuélveme ignorante. Ignoro mientras y en la misma proporción que se. Esta iluminación, frente a mí, es una venda, y cubre, o una noche, o una luz más… ¿Mas qué? Aquí  el círculo se cierra, a causa de ese extraño trastorno. El conocimiento, como una nube sobre el ser; el mundo brillante a la vez que ciego y opaco.

Quitadlo todo, que yo lo vea.

La expresión de un sentimiento siempre es absurda.

El sueño continúa cualquier día.

Me figuro que en cada uno de nosotros hay un átomo, importante entre nuestros átomos, constituido por dos granos de energía que de buen grado querrían separarse. Son energías contradictorias, pero indivisibles. Aunque furiosamente enemigas, la naturaleza las ha unido para siempre. Una de ellas es el movimiento eterno de un gran electrón positivo, y este inagotable movimiento engendra una sucesión de sonidos graves, de los cuales el oído interior distingue sin gran trabajo una profunda, monótona frase: no hay más que yo. No hay más que yo. No hay más  que yo. Yo, yo, yo… En cuanto al pequeño electrón, radicalmente negativo, niega de la manera más cruel el tema egotista del otro: Sí; pero hay otro, tal… hay otro, tal… hay otro, tal… Y tal otro… Porque el hombre cambia a menudo.


 

 

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