LAS QUINTAESENCIAS

PAUL VALÉRY 

 

IMPREVISTO

Un conejo no nos asusta; pero la brusca partida de un inesperado conejo puede ponernos en fuga.

Así ocurre con la idea, que nos maravilla, nos transporta, por ser súbita, y se convierte, poco después, - en lo que es…

No olvidéis - ¡lo imprevisto!

¡Acordaos bien de lo que nunca ha sucedido!

El hombre descuidado, imprevisor, ante el acontecimiento catastrófico, se abruma y se desarma menos que el previsor.

Para el imprevisor, el mínimo de imprevisto. - ¿Qué puede haber de improviso para quien no ha previsto nada?

Las causas verdaderas son a menudo hechos o circunstancias en los cuales seria SUPREMAMENTE ABSURDO pensar a priori, tan ajenos son a toda la razón, - fuera de toda previsión.

Las causas en que se piensa son, por el contrario, de las que se encuentran porque uno ya las ha encontrado. Nada más vacuo.

Pensando en ello demasiado, se llegaría a hacer depender la probabilidad de una causa… de una imprevisión.

La vida se malogra tan pronto como la idea de un placer se transforma en la misma señal de lo que puede corromper a ese placer: cuando el vaso, al tocar los labios, hace acudir el veneno al pensamiento; cuando la alegría naciente hace estremecer de ser alegría. Bastan algunas soldaduras en el espíritu para corromperlo todo. Y algunas trabazones casuales entre tus ideas. Hay religiones que han usado esas piezas de unión, y han hecho al hombre mejor mediante sabias perversiones de sus reflejos.

El hombre es un animal encerrado – al exterior de su jaula.

Se agita fuera de sí.

El “corazón” es lo que da valores instantáneos y omnipotentes a las impresiones y a las cosas. Es, en cada cual, el árbitro de las diferentes importancias. Es el percusor central que escoge en la equivalencia de las cosas.

Supersticiones, - presentimientos – impulsiones, repulsiones – brusca organización de la desigualdad interior de las ideas.

¿Qué prueba ese corazón, y qué valen sus valores?

El tedio es el sentimiento que se tiene de ser, uno mismo, una costumbre, y de vivir una no-existencia sensible, como si uno tuviera la propiedad de percibir que no es.

¡Percibir que no se existe!

Tedio es, finalmente, la contestación de lo mismo a lo mismo.

El hombre reacciona mediante ideas simples a cada molestia, a cada mal, a cada necesidad. No sabe más que coger, matar o destruir, y huir.

Adán coge, come, se esconde. Es un negro desnudo.  

Desnudo, porque todo su registro de respuestas es aparente e inmediato. – Al civilizarse, resorbe una parte de sus deseos, se prohíbe  una parte de sus actos de satisfacción, y disimula otra. El salvaje se esconde en el interior, - se hace – Espíritu.

Destruimos, pues, en espíritu, lo que nos molesta en grado mínimo, y realizamos en espíritu, lo que nos gusta en mínimo grado.

De este modo se crea un mundo del espíritu en que uno se sacia, se goza, donde uno perfecciona su bien, donde uno anula su mal por completo, se venga; donde uno manda – por completo; donde se vive eternamente; donde se triunfa, donde se es amado, donde se es hermoso, sin nada contra sí: ni gente, ni cosas, ni tiempo.

Este mundo secreto y evidente de cada cual se arregla como mejor puede con el mundo observado y sufrido.

La riqueza es un lubricante que suaviza los mecanismos de la vida.

Para que la injuria produzca algún daño, hace falta que el insultador se nos oculte en parte; que no se vea de él más que lo que el quiere. Pero hay que considerarle por transparencia, verle en su soledad.

Se halla entonces que, a solas consigo mismo, ha pensado en aquel a quien aborrece; ha formado de él un fantasma al que desgarra, abomina, satiriza y mancilla con toda candidez.

A solas consigo mismo, se desgasta contra una sombra. Quien ve todo el injuriante, ve un loco.

El optimista y el pesimista no son antagónicos más que sobre lo que no es.


 

 

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