PAUL VALÉRY
El inmenso “pecado” – el pecado metafísico por excelencia, que los teólogos han designado con el hermoso nombre de orgullo - ¿tiene acaso por raíz en el ser la irritabilidad de deseo de ser único? Pero si lleváramos esta reflexión un poco más lejos, un poco demasiado lejos sin duda, por los caminos de los sentimientos más simples, encontraríamos, en el fondo del orgullo, tan sólo el horror a la muerte, porque a la muerte la conocemos únicamente por los demás que mueren, y si realmente somos sus semejantes moriremos también. Así, pues, este horror a la muerte desarrolla en sus tinieblas no sé qué furiosa voluntad de ser no-semejante, de ser la independencia misma y lo singular por excelencia, es decir, de ser un dios. Rehusar ser semejante, rehusar tener semejantes, rehusar serlo de los que son aparente y razonablemente nuestros semejantes, es rehusar ser mortal y querer ciegamente no ser de la misma esencia de esos seres que pasan y se funden, uno tras otro, alrededor nuestro. El silogismo que conduce a Sócrates a la muerte con más seguridad que la cicuta, la inducción que forma la Mayor, la deducción que la concluye, despiertan una defensa y una rebelión oscura, de la cual es un efecto que se desprende fácilmente el culto de sí mismo.
Los mitos son las almas de nuestras acciones y nuestros amores. No podemos actuar más que moviéndonos hacia un fantasma. No podemos amar sino lo que creamos.
Un hombre que renuncia al mundo, se pone en situación de comprenderlo.



