PAUL VALÉRY
COMERCIO -III-
Arte es aquella combinación exterior de una diversidad viviente y activa cuyos actos se condensan, se reúnen, en una materia que los soporta en conjunto, que los resiste, que los excita, que los transforma; que engaña, irrita, y, a veces, apura al hombre.
Teniendo cada uno de los movimientos de éste su fin particular y simple, siendo cada cual definible y correspondiente a una abstracción-, su conjunto tiende, no obstante, hacia ese extraño resultado de recobrar lo concreto, de restituir al artista, primer espectador, la plenitud, la potencia múltiple de todo objeto real, la diversidad y hasta la infinidad simultánea de algo, - por el artificio de las virtudes sensoriales y simbólicas de la visión de los colores.
La pasión del intelecto quiere abolirlo todo por el acto de reconstruirlo todo.
El espíritu inventa el “Universo” a fin de poder, de una sola vez, con una sola palabra, afrontar, encerrar y, por consiguiente, consumar todas cosas. Crea el supuesto de la Unidad, que le hace falta para adversario bien definido. Trata de resumirlo todo en una sola “ley”, de igual modo que aquel emperador romano deseaba que el género humano no tuviera más que una cabeza.
Es el mismo sentimiento.
En cada espíritu, hay un enemigo mortal del mundo. Unos elaboran un Dios a quien imputar, a título de crimen, esta creación; o bien para oponerlo a ésta, y poder evadirse de ella hacia lo Puro, lo absoluto, lo contrario de Todo: lo uno.
Otros hicieron del Universo un sistema completo en si mismo, que, según les parece, estás buscando en sus pensamientos, una expresión final y simétrica de sus transformaciones, una especie de figura mental suprema, como si una vez representada en un momento, dentro de un momento, por un momento, la multitud de los fenómenos…- se pudiera en seguida – o bien… - morir en paz, o bien empezar a ocuparse en serio de algún otro objeto, - menos fútil y menos particular… es lo que es.
Envejecer consiste en experimentar el cambio de lo estable.
Las obras de arte dan idea de hombres más precisos, más dueños de sí mismos, de sus ojos de sus manos; más diferenciados y articulados que los que contemplan la obra acabada, y que no ven los ensayos, las rectificaciones, los desalientos, los sacrificios, los préstamos, los subterfugios, los años, y en fin, los azares favorables – todo lo que ésta disimulado, disipado, resorbido, callado y negado, todo lo que conforme al natural humano y contrario a la sed de maravilla – la cual es, sin embargo, el instinto esencial de esa naturaleza.
La vida es apenas un poco más vieja que la muerte.
La música me enoja al cabo de un rato, y éste es tanto más corto cuanto más acción tuvo sobre mí. Es que viene a entorpecer lo que acaba de engendrar en mí: pensamientos, luces, tipos y premisas.
Rara es la música que no cese de ser lo que fue; que no se malogre y no frustre lo que ha creado; rara la que alimente lo que acaba de traer al mundo, en mí.
De lo cual concluyo que el verdadero conocedor de este arte es, necesariamente, aquel a quien nada sugiere.
Vino un tiempo en que las cosas del vientre del bajo vientre, ya no causaron risa, vergüenza, aversión.
Nutrición, eliminación, fecundación se hicieron puras, como lo son en sí. Ya no humo más sombras en el cuadro de los actos humanos, no más secretos conocidos por todos y guardados por cada cual.
La muerte perdió toda imaginaria potencia; se hizo neta, y condición de vida. Se comprendió que la vida cambia de individuos lo mismo que uno cambia de camisa. Se comprendió que el cambio de individuo es tan esencial a la vida como el cambio de la bocanada de aire que respira es necesario al individuo, o que el cambio de moléculas de agua lo es para lo onda que se propaga.
El hombre se volvió tan puro como el ángel, o como el animal, porque la impureza no es más que la mezcolanza de las naturalezas. Cansado de no ser ni ángel ni bestia, resolvió ser tan pronto una cosa, tan pronto otra; tan pronto “cuerpo”, y tan pronto “espíritu”. A expensas de la vergüenza, a expensas de lo confuso y de las sombras; a expensas del miedo, a expensas de la esperanza, a expensas del amor, se produjo ese gran cambio. La poesía desapareció. Ya no se cultivaron más que el álgebra y la sensación.
Así pereció el extraño mundo efectivo, el universo de las emociones, de las pasiones, de las resonancias y de los valores ilegítimos. El Reino Nervioso fue dividido.
El alma se esfumó. El pensamiento no sufrió ya la obsesión de las armónicas y las parásitas de origen visceral. Las funciones permanentes ya no se vieron entorpecidas por los acontecimientos o las ideas. Se prohibió a “las cosas” tener más significado que existencia, ni más acción que significado.



