Salida de Barcelona por la Meridiana 1970
El viajero de las Vascongadas (X)
La vida seguía por el cauce que habían conseguido establecer. En el año 1978 ella quedó embarazada y esto supuso un cambio radical, un nuevo reto. Como el pisito donde vivían de alquiler ya no era suficiente, decidieron comprar un piso. Tenían algo ahorrado, pero necesitaban más para poder pagar la entrada. Tuvieron que pedir el dinero prestado a los padres de ella. Como siempre, estuvieron dispuestos a ayudar a la pareja sin condición alguna. Se lo prestaron y la pareja les prometió que al cabo de un año se lo devolverían. No les resultó fácil, pero el viajero ingresaba bastante más dinero y ella seguía recibiendo su nómina fija, así que controlaron los gastos y lograron cumplir la promesa que hicieron a los padres.
Compraron el piso en Sardañola del Vallés, lugar de frío y niebla en invierno, y se lo entregaron en diciembre de 1978. Comparado con el piso alquilado, no estaba mal. Contaba con tres habitaciones y los apartados de una vivienda nueva: un tendedero de ropa común, donde tendían al sol las prendas recién sacadas de la lavadora, y una plaza de garaje en un edificio colindante. Este detalle de la terraza comunitaria no es baladí.
En el edificio residían doce vecinos, que tendían la ropa en el mismo lugar. Para su sorpresa, desaparecían prendas de vestir o de ajuar y en su lugar dejaban otras. La ropa cambiada no era de su talla ni de su estilo. Además, a ellos les repelía, pues la pulcritud, la blancura y el aspecto de nueva o limpia brillaba por su ausencia. Esto inquietó al joven matrimonio y decidieron subir juntos a tender la ropa y a recogerla. Algo fuera de sus previsiones de convivencia, ya que no dejaba de ser un trastorno en su rutina diaria. Aunque lo peor para ellos resultó ser que nunca supieron quién fue el autor (o autores) de los hurtos fetichistas.
El cambio de domicilio fue significativo; sin embargo, debían utilizar como transporte el coche y no les resultaba cómodo. Era el precio que tenían que asumir al haber conseguido su primera propiedad fuera de Barcelona. Las caravanas de coches en las entradas y salidas de Barcelona resultaban insufribles, pero no había otra forma de afrontarlo.
El niño nació en enero de 1979. Acondicionaron el piso con lo mínimo, lo justo y necesario. Como era habitual, miraban mucho no estirar más el brazo que la manga. Lo conseguían pensando en el compromiso que habían adquirido de devolver lo prestado. Los caprichos no existían para ellos.
Pasados tres meses del nacimiento del niño, ella tenía que seguir con su trabajo y alguien debía cuidar del pequeño. Una hermana del viajero pasó un tiempo viviendo con ellos. Nunca olvidaron su ayuda. En el invierno de aquel mismo año, el niño hacía la vida en función de sus padres, es decir, salía con ellos por la mañana y volvían juntos por la noche.
Este asunto lo solucionaron con la hermana pequeña de ella, que en aquel momento no trabajaba. Acordaron que cada mañana dejarían al niño con ella y lo recogerían por la tarde. Se trató de un esfuerzo añadido, no se imaginaban que compaginar tantas cosas resultase tan difícil. Pero permanecían unidos y sabían que era lo que debían hacer, por tanto, no existían quejas por parte de nadie. Se repartían las tareas y todo se hacía de buena gana.
Muchas veces recordaron lo sucedido antes de la mili. La decisión que habían tomado en aquella época de incertidumbre ya estaba dando los frutos previstos o, mejor dicho, imaginados.
Llegó el invierno de 1979, con sus días cortos y neblinosos en Sardañola. El viaje diario de ida y vuelta con el niño en el coche se complicó. Ella y el bebé viajaban juntos en los asientos de atrás con la única sujeción de la canastilla del cochecito y los brazos de la madre. La responsabilidad del conductor era enorme y debía poner extrema atención. Cuando emprendía la marcha, en la cabeza del viajero solo estaba el pensamiento de llegar sanos y salvos, pues era frecuente presenciar algún accidente en los continuos desplazamientos.
Un día de enero de 1980, como de costumbre, la familia se desplazaba a Barcelona a las siete de la mañana. El día amaneció gélido y con una niebla espesa. En la autopista se circulaba con más lentitud de lo habitual por la escasa visibilidad. Los ojos no podían abarcarlo todo. En un instante, el viajero vio que los coches de delante empezaban a frenar bruscamente y chocaban unos con otros. Aminoró más la velocidad y miró por el espejo retrovisor. Los coches que iban detrás parecía que no frenaban y algo le impulsó a salirse al arcén y parar. A los pocos segundos, los vehículos que le seguían chocaron entre ellos. Fue un momento de desconcierto para los automovilistas accidentados.
El viajero no entendió bien lo que le había pasado por la cabeza en el momento que tomó la decisión de salirse al arcén. Le resultó extraño que otros conductores no hubiesen hecho lo mismo. Empezó a darle vueltas al riesgo que corrían en los desplazamientos. Su mujer y él lo hablaron con calma y llegaron a la conclusión de que debían terminar con aquella situación, así que miraron nuevas construcciones dentro de Barcelona. Allí se construía sin descanso y era cuestión de tiempo que encontraran algo que pudiesen pagar, también, situado al lado del trabajo de ella. Merecía la pena seguir buscando y sondeando la venta del piso de Sardañola.
En 1982 encontraron una promoción a punto de terminar que encajaba con los requisitos que ellos buscaban: podían pagarlo, se hallaba junto al trabajo de ella y con una ayuda del Gobierno autonómico nada despreciable. Firmaron la entrada y empezaron a pagar las letras mensuales antes de tener la hipoteca. Viendo que se acercaba la fecha de entrega, pusieron en venta las propiedades que habían adquirido en Sardañola. No les resultó difícil venderlas porque aquella zona de España bullía de actividad. Todo cambiaba con tanta velocidad que apenas se era capaz de apreciarlo. Además, ese mismo año se celebró el mundial de fútbol y jugaron en Barcelona el partido de inauguración del evento, que transformó la ciudad.
Una vez pasado el mundial les entregaron el piso en la calle Conde de Borrell, donde él había trabajado de camarero y ella seguía trabajando. El cambio fue celebrado por la familia. Se acabaron los riesgos diarios en la carretera y lograban más tiempo para ellos y para criar a su hijo con mayor plenitud.
El viajero seguía creciendo en su empresa a pesar de las continuas luchas con los sindicatos. Sin embargo, sentía que sus compañeros le demostraban cada vez más un gran respeto por lo que hacía en la empresa. Se mantenía firme en sus principios, en todo momento creía que hacía lo correcto y que más pronto que tarde sería reconocido. Se acercaba el final del trayecto en ese trabajo y él explicó sus motivos a la empresa. Los aceptaron y le comunicaron que le darían de baja cuando lo decidiese él. La empresa se puso en marcha y pidió a la dirección que le buscase un sustituto. Finalmente, el viajero dejaba la empresa que tanto le había dado. Lo veía como algo natural.
Hasta los propios jefes ya no creían en aquel proyecto ilusionante para tantas familias. Todo se descomponía, nada podía sostenerse. Ya no se tomaban decisiones ni existían controles ni ajustes. La apatía se apoderaba de los mandos y lo más frecuente era dejar que las cosas fluyesen sin intervención, salvo la de los sindicatos, algo que muchos veían, pero no les quedaban fuerzas para afrontarlo. Así pues, esperaban que el final llegase y asumían el destino confiando en que se obrara un milagro y las cosas se arreglasen y volviesen la normalidad.
Le empezaron a llover reuniones, comidas y proposiciones de todo tipo. Lo que más le sorprendió fue una reunión con los dos hermanos sindicalistas, que forzaron ellos. No tenía interés alguno en hablar con aquella singular pareja, pero insistieron tanto que accedió a sentarse y hablar con ellos en un lugar fuera de la empresa y del horario de trabajo.
―Bien, aquí estamos de nuevo. ¿De qué queréis hablar conmigo? ―les dijo el viajero.
―Tú sabes bien cómo están las cosas, así que eso no hace falta hablarlo. No obstante, queremos pedirte que vuelvas a tu puesto de trabajo, que salgas de la central, dejes de hacer de técnico, porque no lo eres, y te sientes en la mesa para poner un poco de orden en el desbarajuste que existe hace meses en la delegación. Tendrás nuestro apoyo. Lo pasado, pasado está y entre todos intentaremos sostener en pie este edificio en ruinas. Tú eras quien tenía todo controlado y tu gente sigue siendo partidaria de tu vuelta a ese cargo ―le contestó el mayor de los hermanos.
El más joven y violento solo observaba. Cuando el viajero lo miraba, bajaba la vista. Aunque se notaba su incomodidad, no articuló ni una sola palabra.
―No puedo entender vuestra petición, ni siquiera que esto sea realidad. Daba por descontado que jamás volveríamos a sentarnos juntos para hablar de nada, y mucho menos para que me pidieseis algo que durante tantos años lo hacía con entrega, con gran esfuerzo. Además de soportar vuestras presiones, que en algunos casos fueron descarnadas. Es decir, ha sido todo lo contrario: vuestro propósito no era otro que yo desapareciese. Hace muchos meses que tomé la decisión, creo que acertada, de alejarme de vosotros. Nunca entendí vuestra inquina hacia mí. Bien sabéis mi voluntad de ayudar a que esta empresa funcionase lo mejor posible, en todos los sentidos, tanto para el dueño como para los trabajadores, entre los que siempre me sentí un compañero ―le respondió el viajero.
―En una ocasión me dijiste que, si quisieses, tú podías mover los carrizos, esperar a que saliese el pato y que un cazador estaría preparado para disparar. No llegaste a hacerlo, pero es cierto que podías haberlo hecho. Así que ahora, que nos damos cuenta de lo mal que hemos gestionado nuestro gran poder con los trabajadores, queremos rectificar y actuar con más humildad, porque vemos que esto se acaba y nosotros tenemos mucho interés en que la empresa siga funcionando. Como sabes, desde hace bastante tiempo gestionamos nuestra propia subcontrata; pero, si esto se termina, también terminamos nosotros ―dijo el hermano con pinta de bonachón.
―No penséis que esto me reconforta. Personalmente, agradezco vuestra sinceridad, aunque es una situación forzada por vuestro interés, que ha pasado de ser los trabajadores a intereses pecuniarios propios. Puedo deciros que me gustaría aceptar la propuesta tan generosa que me ofrecéis, solo que llegáis un poco tarde: antes de que termine el año dejaré la empresa. Nuestra sociedad, formada por tres trabajadores de la compañía, funciona bien, así que no necesito dar ningún paso atrás. Imagino que entenderéis mi decisión. Solo puedo desearos suerte y buen hacer en la labor de sindicalistas, pues veo muy difícil que vuestra subcontrata pueda resistir con la deriva que ha tomado nuestra empresa común ―les dijo el viajero.
La conversación terminó con normalidad y con la resignación de los dos bravucones.
Acabó otra etapa de sobresaltos y cambios no previstos. La vida continuaba con total realismo para la familia del viajero. Empezaba a palparse el crecimiento de la familia. Las penurias del pasado se habían convertido en una estabilidad económica notable y podían elegir los mejores colegios para su hijo. En este sentido, no había restricciones, sino todo lo contrario: se trataba de una necesidad familiar, algo que ellos no habían podido hacer en su momento. Estaba dentro de sus posibilidades pagar colegios donde el niño pudiese estudiar sin límites académicos ni distinción de clases. Esa era la única dificultad que tenían que afrontar; por eso decidieron que no sería conveniente tener más hijos, puesto que la dificultad se multiplicaría por los hijos que tuviesen.
El niño, en las etapas de su formación, pasó por diferentes instituciones académicas, que ellos elegían pensando en los valores que tenían. No menospreciaban nada, pero tampoco escatimaban esfuerzos en lograr lo que querían para la formación de su hijo. Tomaron la decisión de no llevarlo a colegios masificados ni alejados de su pensamiento de vida. Para ellos, la educación de su hijo debía ser exigente y llena de oportunidades que él pudiese aprovechar para superarse. Así que la labor no era solo del niño, aunque tenía la principal: estudiar. En esto resultó ser responsable. Atendía los consejos y los pequeños discursos que ambos padres le daban.
Este relato continuará.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



