Primer Jurado popular, Palencia, 27 mayo 1996
El viajero solía reunirse con unos amigos en un acogedor salón de la casa de uno de ellos. Se sentaban alrededor de una mesa con un buen vino Pedro Ximénez. Los encuentros sucedían con frecuencia aleatoria: podían ser tanto una vez a la semana como al mes, ya que quienes se reunían no vivían en el mismo lugar y necesitaban fijar las fechas y los temas de antemano. Las normas eran que la reunión tenía que durar un tiempo determinado y debían atenerse al asunto que trataban. No había límites en cuanto a la variedad de los temas, simplemente, se proponían y se abordaban cuando encajasen en las propuestas ya planteadas encima de la mesa.
Los tiempos de la reunión se acordaron en un máximo de cuatro horas. Esto conllevaba que algunas veces solo podían debatir sobre un tema. Como el fin era exponer hechos que, por lo corriente, no se despachaban con cualquiera, se estipuló un código de respeto con lo que ocurría y se pactó no hablar fuera de allí sobre aquellos asuntos. Así pues, se quedaban entre las cuatro paredes del salón.
Una semana antes de la reunión elegían el tema sobre el que iban a debatir. En aquella ocasión, consistía en que cada cual relatara un episodio de su vida que recordase como impactante o no deseado. Decía el viajero que él, en su larga vida, podía señalar una experiencia inesperada que le había marcado desde entonces. Sucedió pasado el ecuador de la década de los noventa. Durante estas fechas se instauró en España el jurado popular en algunos juicios como, por ejemplo, los de homicidio. El primer juicio que aconteció fue el de un fratricidio cometido en Dueñas (Palencia) el 27 de mayo de 1996.
El caso que nos ocupa fue el de un asesinato de una joven en un pueblo de Barcelona. Ella no tenía la mayoría de edad y se enamoró de un muchacho de una feria ambulante que había recalado por su trabajo en aquel pueblo. Se encontraban cuando el feriante descansaba, esto es, durante casi todo el día. No importaba la hora, querían estar juntos el mayor tiempo posible, incluso mientras la feria funcionaba.
Usaban como lugar de encuentro una bajocubierta de un edificio en obras hasta que llegó el día del fatídico desenlace. Según se supo durante el juicio, «en un acaloramiento febril de amor, perdió el control y el joven estranguló a la adolescente».
Lo detuvieron y al cabo de no demasiado tiempo se celebró el juicio. Coincidió que al viajero lo llamaron para ser miembro del jurado popular. «Cómo puede ser que, viviendo tanta gente en Barcelona, me haya tocado a mí», pensó. Este asunto no le gustó nada porque no quería participar en juzgar a nadie. Alegó varias circunstancias que le hicieron soñar que podría evitarlo; pero, claro, no pudo. Tenía la esperanza de que, al menos, pudiesen excluirle por interés de la defensa o de la acusación.
El viajero tuvo que pasar los filtros oportunos de ambos letrados y, sin poder librarse, acató lo que el Estado estipulaba para esta nueva ley. Resignado, pensó que, ya que debía hacerlo, lo mejor era tomárselo en serio. Participó durante el juicio y después en las deliberaciones a puerta cerrada en una sala del juzgado. Eligieron un portavoz mediante varias votaciones. El resultado fue que le tocó ejercer de portavoz del jurado popular.
Cada persona del jurado exponía sus puntos de vista sobre lo que se había escuchado y visto durante el juicio. Resultó bastante difícil llegar a un consenso. Después de múltiples exposiciones, posturas morales y algún que otro enfrentamiento entre los miembros del jurado, llegaron al veredicto final. Fueron dos días intensos, en los que pasaban de la sala donde se celebraba el juicio a otra donde se deliberaba, sin poder salir del juzgado hasta la hora de dormir. Se tomaban unos pequeños recesos para comer en la sala y seguían con el análisis de lo escuchado.
Algunas personas del jurado parecían inestables, cambiaban de opinión con tal frecuencia que se volvía muy difícil establecer el hilo de lo ya hablado. Otras, nunca hablaban ni opinaban, solo para ejercer su voto. Esa lucha entre los allí reunidos resultaba bastante desagradable para el viajero. Sabía que el cansancio de algunos miembros empezaría a influir en la evolución hacia una votación unánime. Observaba que no existía homogeneidad en el grupo, que algunas personas no estaban realmente en la sala, sino absortas en sus pensamientos y resultaba harto difícil traerlas de nuevo al asunto en cuestión. Incluso sucedió que la discusión sobre la decisión que debían tomar quedó entre cinco personas. Finalmente, llegaron a una votación unánime: al enjuiciado se lo declaró culpable.
El secretario del juzgado recogió el acta, que especificaba los fundamentos y las distintas votaciones. Entregó el acta al juez y al cabo de un corto tiempo se reanudó el juicio. A pesar de que para el viajero no era agradable, tuvo que leer el veredicto mientras lo grababa la televisión por ser uno de los primeros juicios de 1996 que se celebraba en Barcelona con un jurado popular.
Hasta ahí, todo desagradable, pero lo peor y más dramático para el viajero resultó cuando, al salir a los pasillos, la prensa le preguntó cómo se sentía con la experiencia, si volvería hacerlo y si le parecía positiva la ley penal con un jurado popular. Como no podía parar aquello, contestó con evasivas… Y aún fue peor ver pasar al sentenciado con las esposas y escoltado por dos guardias. El joven repetía a grito pelado: «¡Soy inocente, soy inocente, soy inocente…!» mientras se cruzaban las miradas. Estas palabras han estado instaladas en la cabeza del viajero e infinidad de veces se ha preguntado: «¿Nos correspondía a unos simples ciudadanos cargar con esa decisión, con tantas consecuencias sobre otras personas? Por otro lado, también compensaba su reflexión sobre que algo debió de estar bien hecho cuando el juez no vio nada censurable y dio por buena la sentencia del jurado popular.
El viajero consiguió una copia del juicio, que una televisión le facilitó, ya que era público. Pasado ese tiempo, siguió con su vida y sus empresas, que lo llevaron hasta estas reuniones en su pueblo natal. Los relatos que allí se despachaban resultaron de un interés inesperado para él.
Este relato continuará.
Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja



