EL VIAJERO DE LAS VASCONGADAS (IX)

 

SINTEL en la Castellana

 

El viajero de las Vascongadas (IX)

Una vez establecido de nuevo en Barcelona después del servicio militar, vivió con su mujer numerosos días en casa de los padres de ella. Durante ese tiempo intentó buscar trabajo.

Visitó al señor Torallas, quien lo atendió con aprecio, sin gesto de rechazo alguno. El hombre ya no tenía el bar y estaba agotando las existencias de la tienda de papel pintado de decoración para poder cerrar el negocio.

―Como puedes ver, el local de ocio ha desaparecido. Al final cumplí con lo que te dije: cerrarlo. El que se quedó al frente solo pensaba en sus partidas de juego. Las broncas eran continuas con los pocos asiduos que quedaban cuando tú te fuiste, así que no tuve otro remedio que cerrar. Me costó lo mío, pero fue un mal menor ―le explicó su exjefe.

―Sinceramente, ya me lo esperaba, pero tenía que venir a saludarle y pedirle un favor. Ya sé que no podrá darme trabajo, pero si tiene algo hasta que encuentre un nuevo empleo se lo agradecería ―le dijo el viajero.

―Lo único que puedo ofrecerte es intentar cobrar letras de cambio que no han pagado de la tienda de decoración. Si te ves con fuerzas para hacerlo, podemos intentarlo.

―Me parece bien, por intentarlo nada se pierde. Puedo ir compaginando la búsqueda de trabajo y ver cómo me desenvuelvo en la faceta de cobrador.

Le dio un montoncito de impagos con los datos necesarios para poder localizar a sus deudores y aquel mismo día se puso manos a la obra. Visitó las direcciones más cercanas y en los primeros intentos ya se dio cuenta de que aquello no era para él. Pero tenía que aguantar un poco, le parecía pronto para tirar la toalla, así que siguió pateando Barcelona durante diez días más, con resultados negativos. En algunas ocasiones tuvo que insistir hasta con cinco visitas. Las excusas de los deudores eran tan pintorescas que se sentía idiota. En determinados casos llegó a soportar amenazas como esta: «Si sigues molestando podrías tener algún accidente».

Su inexperiencia en la materia y su candidez para catalogar a ese tipo de personas le hacía pensar que no sabía cómo tratar a gente tan descarada. Como salida, se le ocurrió amenazar al deudor con entablar un pleito. Sin embargo, también pensó que eso era cosa del señor Torallas. Suponía que si no lo había hecho ya sus motivos tendría; por tanto, se trataba de un asunto que él no podía acometer. Habló con el hombre y le explicó las aventuras del trabajo. Según su parecer, estaba hecho para gente de la misma calaña que los deudores. Así pues, le dijo que no podía seguir con aquello. La experiencia resultaba enriquecedora por un lado, pero harto dañina para su estabilidad emocional.

No encontró un nuevo trabajo que le agradase, pues no quería ni bares ni imprentas. Consideraba que esa etapa ya había pasado y continuó su búsqueda de empleo.

Durante los primeros días de agosto de 1975 contactó con los ingenieros clientes del bar Rollo, puesto que había mantenido contacto con ellos durante el servicio militar y tenía el teléfono de ambos. Tuvieron una entrevista en sus propias oficinas. Después de la típica charla sobre el pasado, en la que recordaron ciertos momentos de aquella época, entraron en el motivo que llevaba al viajero hasta ellos. Les dijo que si podían ayudarlo a encontrar un nuevo trabajo, distinto a lo que había hecho hasta entonces. Conocían perfectamente su vida pasada en Barcelona, así que no fue necesario entrar en más detalles.

―El día 8 de este mes seleccionan nueve personas para formarlas como instaladores de telefonía. Los seleccionados harán un curso de quince días en el que aprenderán cómo instalar estos nuevos teléfonos. Si te ves capaz, te apunto en el primer examen ―le dijo Miarnau, uno de los ingenieros.

―Por supuesto que me siento capaz ―le respondió el viajero.

Pasó un examen básico de cultura general y lo seleccionaron para hacer el curso de instalador de teléfonos tipo centralita para oficinas, con distintos puestos. El trabajo consistía en algo más que en conectar dos hilos de cobre, como ocurría hasta ese momento. Se grapaba por la pared una manguera de pares de cable de colores para después conectarlos a un panel electrónico que administraba el funcionamiento de una centralita multipunto.

Una vez superado el curso, lo hicieron trabajador fijo de la nueva empresa de Telefónica Sintel (Sistemas de Instalaciones de Telecomunicaciones). Un golpe de suerte. Dejar el oficio de impresor de letras por el de barman fue un paso decisivo. Tal vez intuyó cómo poder crecer.

El día 8 de agosto de 1975, Sintel empezó su actividad en la delegación de Barcelona. Componían la plantilla inicial un delegado de Madrid, una secretaria de la Ciudad Condal y nueve instaladores. Para él, aquello significaba un salto importantísimo en su proyecto de vida. Sería muy tonto por su parte si no sacaba provecho de aquella extraordinaria oportunidad. Su objetivo era crecer en la empresa de reciente creación.

En casa habló con su mujer de que ya era hora de alquilar un nuevo piso, ya que seguían viviendo en la casa de los padres de ella. Puesto que los dos tenían trabajo fijo, pudieron calcular y hacer encajar los ingresos con los gastos, algo que llevaban a rajatabla. Sabían muy bien sus limitaciones y coincidían en las decisiones de cómo tratar el asunto.

Encontraron un pequeño apartamento en la calle Casanovas, en pleno ensanche izquierdo de la ciudad. Eran apartamentos nuevos, que resultaban de dividir una gran vivienda en espacios habitacionales más reducidos. Sin embargo, tenía todo lo necesario: una habitación, un baño, una cocinita y un pequeño lavadero con una pila y una lavadora. Unos veinte metros cuadrados, suficiente para poder independizarse de los padres. El único inconveniente era que las paredes que separaban los apartamentos resultaban tan delgadas que vivían dos vidas, la propia y la de los vecinos. Al ser todos parejas jóvenes, la actividad era continua. Pero como a todo se acostumbra uno, pasó a formar parte del día a día.

El nuevo trabajo de él resultaba agradable y no demasiado difícil de acometer. Una parte consistía en relacionarse con los clientes a la hora de la instalación. Este punto le motivaba, aunque había otra parte que no llevaba nada bien. Los cables de las telecomunicaciones debían graparse por encima del zócalo. Como es lógico, tenía que hacerse de rodillas o en cuclillas, previa petición a los usuarios para que se separasen un poco de la pared. No le molestaba trabajar de rodillas, pero sí estar por debajo de las piernas de los trabajadores de la oficina. No por sentirse humillado, sino por pudor al ver imágenes que no esperaba de mujeres sentadas en su puesto de trabajo. Le incomodaba trabajar con esa visión tan turbadora, pero tampoco podía decir nada a la persona descuidada en su recato, pues podía provocar un conflicto con los clientes y la persona afectada, quien a buen seguro era inconsciente de ello.

Al cabo de unos meses, se armó de valor y sugirió a su jefe que no estaba a gusto desarrollando el trabajo y que si podía darle otro en la oficina.

―Tú, como todos, has entrado de instalador; pero, como cada vez entra más gente en la empresa, podrías encargarte de la distribución del trabajo. Tienes una experiencia de varios meses y te has atrevido a planteármelo, así que el día que yo te avise te quedas en la oficina.

―De acuerdo, señor García. Le agradezco su confianza y le aseguro que no le defraudaré.

Todo pasó rapidísimo. Las cosas sucedían con tal celeridad que a los siete meses de su incorporación en las oficinas, con un cargo de ayudante de producción, el señor García le dijo:

―El próximo mes de mayo tienes que ir a Zaragoza y hacer las gestiones necesarias para poder abrir la delegación de Sintel allí. El local ya está alquilado. Más adelante te iré dando los detalles.

―Me parece bien, pero ¿cuánto tiempo será? Como sabe, estoy casado y, al menos, me gustaría saber algo aproximado.

―Seguramente, serán un par de meses.

―De acuerdo, cuente conmigo.

En las oficinas de Barcelona había bastante gente en labores administrativas, sobre todo, chicas. También, algún instalador de la primera hornada, así que el puesto del viajero quedó bien atendido.

Lo habló con su mujer y acordaron que él iría cada fin de semana a Barcelona. Se compraron un Seat 127 y se hizo cargo de esa nueva faceta en Zaragoza. Su jefe le permitió que pasara a la empresa los gastos de la gasolina, la autopista y la manutención.

En Zaragoza se encontró un local pintado de rojo sin tabiques divisorios, tan solo existía un pequeño lavabo. El delegado de Barcelona le autorizó a hacer las obras necesarias para acondicionar el local y transformarlo en oficinas. El lugar era nuevo, al lado del estadio de fútbol donde jugaba el Zaragoza. Allí residían numerosos militares del ejército estadounidense, puesto que existía una base en Zaragoza.

Con las obras en marcha, conforme al criterio del viajero, su segunda misión consistía en contactar con los jefes de Telefónica, quienes le facilitarían el trabajo a Sintel. Efectuó una primera visita para presentarse y acordar una fecha para una reunión con los responsables de cada zona de Aragón.

Aquel día, cuando llegó a la sala de reuniones, los mandos de cada zona y el director de Zaragoza se hallaban sentados en su lugar alrededor de una gran mesa. Se quedó un poco sorprendido al ver tanto mando y tener que explicarles lo que aportaría Sintel. No tenía experiencia alguna en hablar en público, ni tampoco sabía si sería capaz de salir airoso de aquel aparente contratiempo, ya que nadie le había informado de que también tendría que encargarse de eso.

Sin fluidez en su verbo y con algún tropiezo que otro entre la mente y la lengua, logró salir airoso del primer examen empresarial con la ayuda de los profesionales allí reunidos, algo que agradeció siempre.

Cumpliendo con el acuerdo pactado en la reunión, el viajero puso en marcha la delegación de Zaragoza. Tardó veintiocho días en tener un equipo de trabajo de dieciséis personas, entre ellas, un administrativo.

Telefónica facilitaba trabajos a Sintel, como era lo pactado, y todo se repetía igual que en Barcelona; por tanto, no tenía dificultad para sacar aquello adelante. En el octavo mes de su estancia en Zaragoza le dijo al señor García, su jefe de Barcelona, que ya tenía ganas de volver a casa, o bien que lo hiciese delegado de Zaragoza. Este le respondió:

―No puedo hacer eso porque los sindicatos me cuelgan. Además, ese puesto es para ingenieros técnicos de telecomunicaciones. Ya te ascendí a jefe técnico, no puedo hacer más… Si tuvieses la carrera, ya serías delegado.

―Entonces te ruego que gestiones la contratación de un delegado. Le pongo al día de todo y yo vuelvo a Barcelona ―le dijo el viajero.

―De acuerdo, pero te pido unos días más.

―Es natural. Esperaré hasta que el delgado se incorpore y tenga la marcha de la delegación asumida.

Al cabo de unos veinte días se incorporó el ingeniero. Durante tres jornadas lo puso al corriente de todo. Al día siguiente pidió cita con el director de Telefónica para poder presentar al nuevo delegado de Sintel. Se despidió de todas las personas que se implicaron con él, tanto en su empresa como en Telefónica.

Volvió a su ciudad y su trabajo ya no pudo ser el mismo, pues al ser jefe técnico podía negarse a trabajar en la oficina como antes. Sin embargo, tenía la obligación de trabajar dentro de las centrales telefónicas.

Planteó a dos compañeros, uno ingeniero técnico y otro maestro industrial, la posibilidad de crear una empresa para fabricar equipos auxiliares de informática. Tomó esta decisión porque veía clara la situación en la empresa y había llegado a la conclusión de que ya era hora de volar por su cuenta. Tras varias reuniones y análisis de las necesidades de equipos electrónicos en las entidades bancarias, dieron juntos el paso. Los tres estaban de acuerdo en que el tiempo en la empresa Sintel parecía limitado.

Compaginaron su trabajo en la empresa con la formación de la suya propia. Antes de formalizar la sociedad, el ingeniero desarrolló los equipos que consideraron que podrían tener mercado en el ámbito bancario y en las incipientes empresas de telecomunicaciones. Pasados unos meses, decidieron crear y legalizar la nueva sociedad Equipos Auxiliares de Informática, SA. Se escrituró el 15 de julio de 1983, con un capital de seiscientas mil pesetas.

El nuevo trabajo le resultaba más cómodo, pero disfrutaba menos. Encerrado, solo podía hablar con las placas de circuito impreso, que se cambiaban del gran panel según avanzaba la tecnología. Esto resultaba tan frecuente que no se daba abasto en sustituir lo obsoleto por lo nuevo. Con esas condiciones, ya solo veía una salida.

Al ser una empresa que pertenecía al Estado, la situación de Sintel empezaba a tener ciertos agujeros. Su crecimiento resultó desmesurado en muy poco tiempo. Los directivos empezaban a perder el control y este pasaba a manos de los sindicatos, quienes con puño de hierro imponían su ley. Al estar a caballo entre la agonía de la dictadura y la naciente democracia monárquica, las reglas cambiaban cada día. Los políticos y los sindicatos buscaban su poder a costa de lo que fuese arrinconando a dirigentes muy valiosos de esas empresas, que aún tenían el monopolio en el sector.

En aquel tiempo del inicio de Sintel, el viajero tenía el cargo de jefe de producción y su trabajo principal era hacer que la empresa, en su área, fuese rentable. Debía tomar decisiones sobre ciento sesenta trabajadores del sector de las instalaciones, que comprendían instaladores, ingenieros y personal administrativo. Tenía la responsabilidad de administrar todos los recursos que la empresa había puesto en sus manos, acometiendo su quehacer con firmeza.

En los momentos de crecimiento desaforado de personal nuevo, los sindicatos crecían de igual manera. Cada dos por tres se celebraba una asamblea; el motivo no importaba, cualquier excusa valía. Cuando empezó aquella práctica por parte de dos sindicalistas, los hermanos Ordóñez, militantes de Comisiones Obreras, el viajero participaba como uno más, solo que poco a poco apuntaron en ellas al jefe de producción y dejó de ir.

Un día, los dos sindicalistas promotores, al frente de un nutrido bloque de trabajadores, subieron al despacho del viajero, en la tercera planta. A su espalda, un ventanal daba al interior de una manzana del ensanche. Entraron en tropel, y él ni se movió de su asiento. El cabecilla, uno de los hermanos, el más joven y violento, lo amenazó:

―Como no bajes a las asambleas, subimos y te tiramos por la ventana.

Agregó un montón de improperios, que el viajero aguantó con dignidad. No les tenía miedo ni le inquietaban.

―No bajaré nunca más porque estáis jodiendo la empresa y yo la siento como mía. Y vosotros, hermanos Ordóñez, tenéis mucho que callar. Las malas lenguas apuntan a que la subcontrata (…) es vuestra y trabaja para Sintel, y eso no es compatible con vuestra función de sindicalistas. No sabéis dar la cara en nada si no es con esta pobre gente que tenéis aterrorizada. Tampoco sabéis que cuando suben solos a mi despacho vienen llorando y me piden que les asigne trabajos que les permitan ingresar más dinero con dietas y menos producción. Asimismo, que no los mande más allá de cuarenta kilómetros. Pues bien, Ordoñez, si queréis hacerlo contad hasta tres y empezad a soplar. Yo abro las ventanas y os facilito la labor.

El cabecilla se acercó a su mesa y, en voz baja, le dijo:

―Estamos hartos de fascistas y no volverá a haber ninguno más. Deberías irte y dejar este puesto de trabajo. Haré todo lo que esté en mi mano para que te vayas o te echen.

―Tu obligación es que esta empresa funcione con justicia y producción, y eso no lo cumples. Deberías reflexionar y convencer a los trabajadores de otra forma menos temeraria. Tienes tantos enemigos que algún día no podrás ni fiarte de tu sombra ―aseguró el viajero.

Pasados unos meses, la cosa iba cada día peor. Sin esperarlo, se presentó en su despacho el hermano mayor del sindicalista agresivo. Le planteó una reunión fuera de la empresa, en un bar tranquilo de Badalona ciudad donde el sindicalista tenía su domicilio y su subcontrata.

El día acordado llegó al bar y allí lo esperaba M. Ordoñez. Tenía aspecto bonachón, aunque no lo era. Empezó pidiéndole perdón por los enfrentamientos en la empresa y por haberle culpado de todos los males de Sintel en Barcelona. Acto seguido, le hizo una proposición:

―Sé que sabes lo de mi empresa, lo que no sé es cómo te has enterado. Como bien dijiste a mi hermano, tenemos muchos enemigos, pero no alcanzo a imaginar quién ha podido decírtelo. Así que te hago una propuesta: tú me dices quién ha sido y fuerzo una subida de categoría para ti, con más dinero en nómina, además de olvidarnos de ti en las asambleas, ya que en todas hablamos de ti, y no precisamente para bien.

―Te agradezco esta oferta deshonesta, pero no será posible hacerla realidad porque mis principios son más altos de lo que tú piensas. Deberías saber que mi límite de ascenso ya está cubierto. Podría seguir creciendo si tuviese la carrera de ingeniero técnico o cualquier otra, pero no la tengo. Y antes de que Sintel huela a muerto yo tendré mi propia empresa. Tú, al parecer, también, así que no acepto tu oferta. En cambio, te diré quién me dijo lo de tu indecencia con tus propios trabajadores. Esa persona ya no está contigo, pero estuvo en tu cama… Como no pareces tonto, empieza a pensar y saca tus propias conclusiones. Esto te lo ofrezco gratis solo por una razón: porque ya no podrás hacer daño a esa persona ―le contestó el viajero.

Este relato continuará.

Marqués de Pinofiel y de la Gloria Floja

 

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